Juan Crisóstomo - Crianza de los hijos.
Juan Crisóstomo ofrece numerosos consejos a los padres sobre la educación de sus hijos, enfatizando la importancia de comenzar desde la más tierna infancia y de inculcar valores cristianos. Considera la negligencia en este campo como un pecado gravísimo.
Entre sus consejos destacan:
Priorizar la educación cristiana sobre todo lo demás. Los padres deben demostrar su preocupación por sus hijos educándolos constantemente en la piedad.
Imprimir buenas enseñanzas en el alma tierna del niño desde el principio, comparándola con cera blanda que puede moldearse fácilmente. Es crucial empezar muy pronto y educar constantemente.
Convertir al niño en un "atleta de Cristo" y un "ciudadano del cielo". La educación debe formar en las virtudes cristianas, alejando al niño de las seducciones del mundo.
Vigilar el entorno del niño y su mundo interior. El padre es como el legislador de una ciudad (el alma del niño) con cinco puertas (los sentidos) y viviendas (las facultades del alma).
Educar los sentidos del niño, ya que son los canales de contacto con el mundo exterior. También deben ayudarlo a dominar su carácter y apetito sexual, desarrollando su capacidad de razonar para que practique la virtud.
Utilizar el temor y las promesas como ejes centrales del método educativo, siguiendo el modelo de Dios. Esto implica ser severo y usar amenazas para fomentar el miedo, pero también ofrecer halagos, recompensas, cariño y comprensión. Sin embargo, el uso de azotes debe ser moderado y no continuo para que el niño no los desprecie.
Enseñar al niño a no injuriar, no hablar mal de nadie, no jurar y ser pacífico. Si transgrede estas normas, debe ser castigado con miradas severas, palabras mordaces o reproches, alternando con halagos y promesas.
Enseñar la bondad y la amabilidad. Si el niño es insolente, debe ser corregido. También se le debe enseñar a hablar de sus propios pecados en lugar de acusar a otros.
Involucrar a la madre, al pedagogo y a otros sirvientes en la labor educativa, para que todos vigilen los malos pensamientos del niño. La elección de estos colaboradores debe hacerse con gran cuidado.
Contar historias edificantes en lugar de cuentos necios. Es recomendable relatar historias bíblicas como las de Caín y Abel, adaptándolas a la comprensión del niño y extrayendo lecciones morales.
Llevar al niño a la iglesia, especialmente cuando se lean las historias que se le han contado en casa, para reforzar su aprendizaje.
Poner nombres de santos a los hijos en lugar de nombres de antepasados, para que esto sea un motivo de emulación y un recuerdo de la virtud.
Cuidar lo que el niño oye, evitando que escuche cosas inconvenientes de criados, pedagogos o nodrizas.
Cuidar lo que el niño ve, suprimiendo adornos innecesarios y dirigiéndolo hacia bellezas como el cielo, el sol, las estrellas y las Sagradas Escrituras.
Enseñar canciones divinas para evitar canciones vergonzosas.
Evitar que el niño se bañe con mujeres y que esté en lugares con muchas mujeres juntas.
Enseñar la importancia de la castidad y prometer un matrimonio temprano como medio para frenar el impulso sexual.
Educar el "genio" (carácter) del niño, enseñándole a soportar las injusticias propias con moderación y a defender al débil con la debida mesura. Esto se puede lograr entrenándolo con los criados y provocándolo para que aprenda a controlar sus impulsos.
Enseñar al niño a no defenderse cuando lo insultan o sufre daño, y a no ser indiferente ante el sufrimiento ajeno.
Enseñar el orden natural y a tratar a los esclavos con bondad, recordando que la esclavitud es consecuencia del pecado.
Fomentar la prudencia enseñando al niño a conocer y despreciar las cosas humanas como la riqueza y la gloria, y a temer solo a Dios.
Preparar al niño para el matrimonio de una manera espiritual, invitando a Cristo en lugar de celebrar con flautas, cítaras y bailes.
Enseñar a las niñas a apartarse del lujo, los adornos y la vanidad, siguiendo estos mismos principios educativos.
En resumen, Juan Crisóstomo aboga por una educación integral y temprana que forme el carácter del niño en las virtudes cristianas, lo aleje de la vanagloria y lo prepare para una vida de piedad y servicio a Dios, tanto en su vida personal como en el matrimonio.