OAP72

✝ Antes bien, examinadlo todo cuidadosamente, retened lo bueno; absteneos de toda forma de mal. 1Tes 5.21-22 ✝

20/02/26

Dios aborrece la injusticia, venga de donde venga.

“¡Ay de los que dictan leyes injustas y prescriben tiranía!” (Isaías 10.1)

“El Señor prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece” (Salmo 11.5)

“Aprended a hacer el bien; buscad la justicia, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda” (Isaías 1.17)

“Abre tu boca por el mudo, en el juicio de todos los desvalidos” (Proverbios 31.8)

“Bienaventurados los que procuran la paz” (Mateo 5.9)

“Haced justicia, amad misericordia y humillaos ante vuestro Dios” (Miqueas 6.8)

“Lo que hicieron a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicieron” (Mateo 25.40)

Hermanos, la Escritura no es ambigua cuando habla de la sangre del inocente. Desde Génesis, la sangre clama desde la tierra (Génesis 4.10). El Dios de Israel escucha el clamor del oprimido. No es un Dios indiferente al sufrimiento de los niños, de las madres, de los ancianos.

Cuando vemos imágenes de hospitales destruidos, de familias desplazadas, de pequeños cubiertos de polvo y miedo, no estamos viendo “geopolítica”. Estamos viendo portadores de la imagen de Dios (Génesis 1.27). Cada vida humana lleva un sello sagrado.

Y entonces surge la pregunta incómoda.

¿Qué nos está pasando como pueblo cristiano?

¿Por qué hemos aprendido a desplazarnos con el dedo por la pantalla mientras la tragedia continúa? ¿Por qué discutimos más la etiqueta ideológica que la vida del niño que llora? ¿Desde cuándo el sufrimiento ajeno se convirtió en material de debate partidario?

Jesús no preguntó primero por la nacionalidad del herido en el camino. El buen samaritano actuó (Lucas 10.33-37). El amor no se consulta con la conveniencia.

Quizás miramos para otro lado porque el conflicto es complejo. Y lo es. Quizás porque tememos quedar atrapados en discursos políticos. Quizás porque nos sentimos impotentes. O porque nos acostumbramos a la violencia como ruido de fondo del siglo XXI.

El corazón humano tiene una capacidad peligrosa: puede normalizar lo intolerable.

Pero la indiferencia también es una decisión moral. El silencio prolongado termina moldeando el alma. Cuando dejamos de conmovernos por el débil, algo en nosotros se endurece.

La Iglesia primitiva no era poderosa, pero sí compasiva. Rescataba niños abandonados en el Imperio romano. Cuidaba enfermos en pestes. Su testimonio no era ideológico, era encarnado.

No se trata de defender gobiernos. Se trata de defender vidas. No se trata de alinearse con un bloque geopolítico. Se trata de afirmar que la sangre inocente importa ante Dios.

También debemos ser honestos: el dolor no es exclusivo de un solo pueblo. Israelíes y palestinos han sufrido violencia. El terrorismo es pecado. El castigo indiscriminado también lo es. La Biblia no bendice la crueldad de ningún lado.

Cuando el poder aplasta al débil, Dios no aplaude.

Si la Iglesia pierde la capacidad de llorar con los que lloran (Romanos 12.15), pierde algo esencial de su identidad. Y si el cuerpo de Cristo calla por conveniencia, corre el riesgo de volverse irrelevante ante el sufrimiento real.

Las consecuencias de la indiferencia no son solo políticas. Son espirituales. Un corazón que deja de compadecerse se vuelve frío para Dios. Una fe que no se traduce en misericordia se vacía.

El juicio de Dios en la Escritura no cae solo por idolatría ritual. También cae por opresión social (Amós 5.21-24).

Clamar por las víctimas no es un acto partidario. Es un acto de fidelidad al carácter de Dios.

Que el Señor nos libre de la tibieza moral. Que nos conceda discernimiento para no simplificar conflictos complejos, y valentía para no justificar lo injustificable. Que podamos orar por la paz de Jerusalén (Salmo 122.6) sin olvidar al niño en Gaza. Que podamos denunciar el terrorismo sin bendecir la devastación indiscriminada.

El mundo nos observará no por nuestras consignas, sino por nuestra compasión.

Porque al final, el Evangelio no es una bandera geopolítica. Es la buena noticia de que Dios ama tanto al mundo que dio a su Hijo (Juan 3.16). Y ese “mundo” incluye a cada niño que hoy tiembla bajo las bombas, a cada madre que llora, a cada anciano que huye.

Que no se diga que vimos y no nos importó. Que no se diga que sabíamos y callamos.

La cruz nos recuerda que Dios se identifica con las víctimas. Y la resurrección nos recuerda que la muerte no tiene la última palabra.

Que nuestra fe no sea espectadora. Que sea intercesora, compasiva y activa en la búsqueda de justicia y paz.