La doctrina de la elección: qué es y por qué importa
Hay doctrinas que, a primera vista, parecen frías o distantes, como si pertenecieran más a los libros que a la vida. La doctrina de la elección es una de ellas. Sin embargo, cuando se la entiende bien —es decir, cuando se la lee desde adentro de la Escritura y no desde afuera de ella—, resulta ser una de las verdades más cálidas, más pastorales y más personales de toda la fe cristiana. No es una doctrina sobre el poder arbitrario de Dios; es una doctrina sobre su amor.
¿Qué es, entonces, la doctrina de la elección?
En su formulación más precisa, la elección es el acto soberano y eterno de Dios por el cual Él determina, de acuerdo con su sola voluntad y su amor gratuito, salvar a quienes han de ser suyos en Cristo. No es una selección que excluye o elimina —el verbo griego que usa el apóstol Pablo, eklegomai, significa precisamente «seleccionar en favor propio para cumplir con...»—, sino una elección que incluye, que abraza, que propone un destino: «para que fuésemos santos y sin mancha delante de él» (Efesios 1:4, RVR1960). En otras palabras, Dios no elige para condenar; elige para santificar. El amor divino es el corazón mismo de la elección.
Esta decisión no nació en el tiempo, sino en la eternidad. Pablo la llama una elección «antes de la fundación del mundo» (Efesios 1:4), y en otra carta la describe como «gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos» (2 Timoteo 1:9). Dios no eligió a su pueblo porque vio en ellos méritos futuros, virtudes previstas o una disposición favorable. Los eligió porque quiso hacerlo, movido únicamente por su amor soberano y gratuito.
¿Tiene algún propósito claro?
Sí, y el apunte lo señala con nitidez a partir de Efesios 1. La elección tiene dos propósitos que van de la mano: uno que mira hacia el creyente y otro que mira hacia Dios. Respecto al creyente, el propósito es la santificación, es decir, que quienes son elegidos sean progresivamente transformados a la imagen de Cristo, comenzando desde el momento mismo de la salvación (Efesios 1:4). Respecto a Dios, el propósito es la gloria, porque todo lo que Dios hace —la creación, la redención, la historia— converge en un único horizonte: «para alabanza de la gloria de su gracia» (Efesios 1:6). La salvación del creyente no es el fin último; la glorificación de Dios en esa salvación lo es.
¿Qué lugar ocupa el ser humano en todo esto?
Aquí es donde la doctrina necesita ser comprendida con cuidado, porque hay una tensión en la Escritura que no debe aplastarse en ninguna dirección. Por un lado, la elección es iniciativa completamente divina: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros» (Juan 15:16). Por el otro, esa iniciativa no suspende la responsabilidad humana ni vuelve innecesaria la predicación. Al contrario: «¿cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?» (Romanos 10:14). La elección no llega al corazón humano sin pasar por la predicación del evangelio, y la predicación del evangelio convoca una respuesta real y genuina de fe. El apunte lo dice con una claridad que vale la pena retener: «la responsabilidad de esa respuesta es únicamente del hombre. Dios tiene toda la responsabilidad en la salvación del hombre, pero no tiene ninguna responsabilidad en la perdición de los hombres, porque son ellos quienes, habiendo tenido oportunidad de creer, le rechazan».
Dios llama a todos —«todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo» (Romanos 10:13)—, y ese llamado general es tan auténtico y tan real como el llamado eficaz que obra la fe en el corazón del que cree (1 Corintios 1:23–24). Nadie puede decir que Dios no lo llamó. La puerta del evangelio está abierta, y Jesús mismo se para a llamar: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo» (Apocalipsis 3:20).
¿Y por qué es importante entender todo esto?
Porque cuando la elección se entiende mal, o se la lleva a un extremo que el texto bíblico no sostiene, se convierte en algo paralizante: ¿para qué predicar si Dios ya decidió todo? ¿Para qué responder si mi respuesta no cuenta? Pero esa no es la lógica de la Escritura. Pablo no abandonó la predicación por creer en la elección; la intensificó: «todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús» (2 Timoteo 2:10). La elección es el fundamento de la misión, no su obstáculo.
Y cuando se la entiende bien, la elección produce en el creyente humildad y gratitud. Nadie puede gloriarse en sí mismo, porque la salvación no nació de ningún mérito propio. Somos, como dice Pedro, «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 Pedro 2:9), no porque lo mereciéramos, sino porque Él quiso hacernos suyos. Y ese es, quizás, el mensaje más asombroso de toda la doctrina: que Dios, que no tenía ninguna obligación de elegirnos, lo hizo. Como dice el apunte con una sencillez que desarmaba a los niños en las clases de escuela dominical: si había alguien que no debería habernos adoptado, ese era Dios. Pero lo hizo.