OAP72

✝ Antes bien, examinadlo todo cuidadosamente, retened lo bueno; absteneos de toda forma de mal. 1Tes 5.21-22 ✝

03/04/26

La Elección según Jacobo Arminio

 Jacobo Arminio (1560–1609), teólogo holandés y pastor en Ámsterdam, articuló una comprensión de la predestinación y la elección que lo alejó del calvinismo estricto de su época sin abandonar la Reforma. Arminio no negó la doctrina de la elección, pero propuso una interpretación diferente: en su lectura, la elección está fundamentada en la presciencia de Dios.

La Elección basada en la Presciencia: fundamento escritural

Uno de los rasgos más distintivos del pensamiento de Arminio es su insistencia en que la elección individual no surge de un decreto divino arbitrario, sino que se asienta sobre la presciencia de Dios —su conocimiento eterno y previo de quiénes habrán de creer y perseverar en la fe—. Esta convicción no era una intuición filosófica, sino una conclusión exegética construida sobre textos del Nuevo Testamento, especialmente los escritos de Pablo.

La «cadena dorada» de Romanos 8:28–30

Este pasaje fue quizás el más importante para Arminio en este debate. Allí Pablo encadena cinco eslabones: los que Dios conoció de antemano (προέγνω, proégno) fueron también predestinados (προώρισεν, proorisen); y los predestinados fueron llamados, justificados y glorificados. Para Arminio, el orden no es casual ni intercambiable: la presciencia precede lógicamente a la predestinación, y no al revés. Dios no predestina para luego conocer; conoce primero, y sobre ese conocimiento eterno edifica su decreto.

Este detalle gramatical y teológico era, para Arminio, la clave del asunto: si Dios elige a quienes Él sabe que creerán, la elección no es arbitraria ni coercitiva. La soberanía divina y la responsabilidad humana se mantienen juntas sin que ninguna anule a la otra.

Efesios 1:4–5: Elegidos en Él, no elegidos para creer

El segundo gran apoyo escritural de Arminio es la carta a los Efesios. Pablo escribe que Dios «nos escogió en él antes de la fundación del mundo» (Ef. 1:4), y que nos «predestinó para ser adoptados como hijos por medio de Jesucristo» (Ef. 1:5). Para Arminio, la preposición en Él no es un adorno retórico, sino la clave interpretativa de todo el pasaje. La elección no es un decreto independiente de Cristo que luego se ejecuta a través de Él, sino que Cristo mismo es el terreno, el espacio y el fundamento dentro del cual la elección tiene lugar.

Esta lectura tiene una consecuencia directa: nadie puede ser elegido por fuera de Cristo, y nadie está en Cristo sin fe. De ahí que la elección sea, para Arminio, una elección de creyentes, no una elección que produce mecánicamente la fe. Arminio lo expresó así:

«La elección se hace en Cristo. Pero nadie está en Cristo a menos que sea un creyente. Por tanto, nadie es elegido en Cristo a menos que sea creyente.»

— Arminio, Debate con Junius, Tomo III

En la Disputación XL de sus obras completas, Arminio ofrece además una definición que resume toda su posición:

«La predestinación es el decreto del beneplácito de Dios, en Cristo, por el cual determinó, en sí mismo, de toda la eternidad, justificar a los creyentes, adoptarlos y dotarlos de vida eterna, «a alabanza de la gloria de su gracia».»

— Arminio, Disputación XL, § II, Tomo II

Nótese que en esta definición Dios predestina a los creyentes, no a individuos que serán posteriormente dotados de fe por el solo decreto divino.

Romanos 9: ¿Un decreto incondicional o una elección con propósito histórico?

El capítulo noveno de Romanos era, entonces como ahora, el campo de batalla predilecto de este debate. La elección de Jacob sobre Esaú, aun antes de nacer, parecía apuntar a un decreto soberano e incondicional. Arminio no esquivó el texto; lo enfrentó con solvencia teológica.

Para él, Dios eligió a Jacob antes de cualquier obra suya. Pero negaba la conclusión que sus adversarios extraían de allí: que esto prueba un decreto individual e incondicional de salvación o condenación eternas. Para Arminio, el capítulo trata principalmente del propósito soberano de Dios en la historia, en la elección de naciones y en la designación de individuos para roles dentro de ese plan. No toda «elección» en la Escritura es elección a la salvación eterna; a veces es elección para un servicio o un papel en la historia de la redención.

«Ninguno de estos pasajes se opone a mi punto de vista, pues no niego que la elección y la reprobación se hicieron desde la eternidad, sino que el pecado fue la causa del decreto, siendo más bien una condición.»

— Arminio, Debate con Junius, Tomo III

Juan 3:16 y 1 Timoteo 2:4: Dios quiere que todos sean salvos

Aunque Arminio no desarrolla Juan 3:16 con extensión en los pasajes donde debate la predestinación, ese versículo late en el fondo de todo su sistema. El Dios que «de tal manera amó al mundo» y que, según Pablo, «quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim. 2:4) no puede ser, para Arminio, el mismo Dios que habría decretado ab aeterno que la mayoría de los seres humanos pereciera sin posibilidad alguna de salvación.

Una predestinación incondicional que condena a muchos sin respecto a la fe o el pecado resulta, a juicio de Arminio, incompatible con la voluntad salvífica universal que la Escritura atribuye a Dios. Este argumento no era para él una apelación sentimental, sino una objeción teológica seria: si Dios genuinamente desea que todos sean salvos, entonces la gracia que ofrece debe ser genuinamente suficiente para todos, y la condenación de quien la rechaza debe recaer sobre el que rechaza, no sobre un decreto previo a ese rechazo.

Hebreos 7:22 y 8:6: La mediación de Cristo como marco del decreto

Un último conjunto de textos que Arminio invoca son los de la carta a los Hebreos, especialmente las referencias al «mejor pacto establecido sobre mejores promesas» (Heb. 8:6) y a Jesús como «fiador de un mejor pacto» (Heb. 7:22). Estos textos le servían para mostrar que los decretos divinos no flotan en el vacío de una voluntad abstracta, sino que encuentran su marco y su límite en la mediación de Cristo. El propio Arminio lo formuló así:

«Solo colocó tal terminación y límite a su voluntad (...) como estaba por Él mismo antes colocada y predeterminada por un decreto eterno y perentorio, que así una vacante podría ser hecha para «un mejor pacto establecido sobre mejores promesas».»

— Arminio, Oración I, Tomo I (con referencia a Heb. 7:22 y 8:6)

En otras palabras, si Dios ha establecido un nuevo pacto en Cristo con promesas mejores que las del Sinaí, es porque ese pacto ya tiene incorporado dentro de sí el modo en que Dios trata a la humanidad caída. La predestinación no precede al pacto ni lo ignora; opera dentro de él, con sus condiciones y sus mediaciones.