La Iglesia reconoce oficialmente que Jesús es Dios en el siglo IV
Los persecuciones romanas hacia los cristianos han cesado y el cristianismo se convierte en la religión más importante del Imperio Romano. En este punto el cristianismo ha dejado de ser una secta del judaísmo, los cristianos han dejado de ser bienvenidos en la sinagoga. El mensaje de una igualdad en dignidad ante los ojos de Dios y la promesa de una Vida Eterna, que además garantiza el Paraíso con el martirio ha provocado la rápida expansión del cristianismo entre las clases más humildes primero, pero también entre las clases patricias de Roma.
Esta rápida expansión empieza a provocar desacuerdos en algunos puntos finos de la religión, pues nunca se dejó un manual de instrucciones sobre como debía operar el cristianismo, y no no me digan que es la Biblia, pues la misma Biblia sale de la Iglesia y no al revés.
En este momento de la historia el cristianismo ya es una herramienta de geopolítica útil para el imperio, pues va más allá de clases sociales y castas y aglutina a las personas, pero empieza a haber desacuerdos doctrinales que pueden amenazar la unidad del cristianismo como institución, así que Constantino el emperador romano visionario que vio todo esto decidió convocar un Concilio Ecuménico en la parte oriental del Imperio, en Nicea, antigua ciudad dedicada a la diosa "Nike".
El principal motivo de los desacuerdos era la identidad de Jesucristo, algunos sostenían que era Dios y otros que solo era un hombre creado pro Dios, Había muchísimas opiniones sobre quien era Cristo, pero la cristiandad se polarizó entre la postura de un sacerdote llamado Arrio y sus opositores. Arrio decía que Cristo sí era hijo de Dios, pero que había tenido principio y que no compartía la naturaleza del Padre.
Eso empezaba a traer discusiones entre los cristianos que aparentemente no tendrían importancia en el imperio romano, pero cuando esas discusiones religiosas llegan al extremo de dividir religiosamente a la población, Roma sabía que podía venirse una división política que afectaría la estabilidad política del imperio. Por eso Constantino decide convocar a este primer Concilio Ecuménico.
Imagine usted una reunión en la que trescientos dieciocho obispos, muchos de ellos con cicatrices de la última persecución todavía visibles en sus cuerpos, se sientan en la ciudad imperial de Nicea bajo la presidencia de facto de Constantino, el mismo hombre que años antes había firmado el edicto que los dejó de perseguir.
Es el año 325. Han pasado apenas doce años desde que la Iglesia dejó de ser ilegal. Y ya tiene su primera gran crisis doctrinal.
El protagonista de esa crisis es un sacerdote alejandrino llamado Arrio, hombre de innegable inteligencia y oratoria devastadora, que había formulado con precisión filosófica una pregunta que llevaba décadas flotando en el ambiente: si Dios es absolutamente uno y absolutamente simple, ¿cómo puede el Hijo ser igualmente Dios? La respuesta de Arrio era elegante y letal: el Hijo no es eterno. Antes de ser engendrado por el Padre, no existía. Es la criatura más excelsa de Dios, el primero y más perfecto de todos los seres creados, pero criatura al fin.
El problema con esa solución no era solo teológico. Era soteriológico, es decir, afectaba directamente a la salvación. Si el Hijo no es plenamente Dios, la encarnación no es la entrada de Dios en la historia humana. Es la entrada de algo parecido a Dios pero inferior. Y si no es Dios quien se encarna y muere en la cruz, la redención que produce no es redención divina sino la obra de una criatura, por excelsa que sea. Sin embargo, el Imperio estaba consciente de las posibles consecuencias políticas, si surgía una nueva rama del cristianimo, podría buscar el apoyo política y militar de algún opositor político del Imperio y llevarnos a una situación crítica como la que se había vivido hace apenas unos años cuando había 4 emperadores a los que Constantino derrotó. Constantino no iba a correr ese riesgo.
Atanasio de Alejandría, que tenía veintisiete años cuando comenzó el concilio y que durante décadas fue literalmente el único obispo en pie de toda la Iglesia que se negó a ceder ante el arrianismo, lo formuló con la economía de quien ha entendido el problema completamente: solo Dios puede salvar al ser humano. Si Jesús no es Dios, no puede salvarnos. Y si no puede salvarnos, el Evangelio es una promesa vacía.
El Concilio de Nicea definió la consustancialidad del Hijo con el Padre mediante el término griego homoousios, de la misma sustancia. Esa palabra de once letras produjo cincuenta años de controversia, varias guerras civiles religiosas, el exilio de Atanasio en cinco ocasiones distintas, y la definición que sigue siendo la columna vertebral del credo cristiano hasta hoy.
Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso... y en un solo Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre.
Eso es Nicea. Eso es lo que el mundo ha rezado desde el año 325 en cada Misa dominical en todo el planeta.
El Concilio también fijó la fecha de la Pascua según criterios astronómicos y estableció la primacía del obispo de Roma sobre los demás patriarcados, aunque ese punto fue durante siglos objeto de interpretaciones encontradas.
La pregunta que Nicea deja abierta para el lector de hoy: ¿puede la fe sobrevivir sin precisión doctrinal? ¿O la vaguedad teológica es siempre la puerta de entrada al error más grave?
Nicea salvó al cristianismo y al Imperio Romano.