OAP72

✝ Antes bien, examinadlo todo cuidadosamente, retened lo bueno; absteneos de toda forma de mal. 1Tes 5.21-22 ✝

23/07/25

La verdadera identidad en Cristo

El tema de la identidad en Cristo ocupa un lugar central en la obra del pastor y escritor cristiano Dr. Neil T. Anderson. A lo largo de libros como Victoria sobre la oscuridad, Rompiendo las cadenas y Diariamente en Cristo, Anderson ha desarrollado la tesis de que una correcta comprensión de quiénes somos en Cristo es esencial para vivir en libertad, vencer las tinieblas y crecer hasta la madurez espiritual. En palabras de Anderson, “la esperanza de crecer, [de] significación y [de] realización como cristiano se basa en entender quiénes realmente somos —específicamente nuestro ser en Cristo como hijos de Dios” (Anderson, 1997, pp. 23-24). Por el contrario, muchos creyentes hoy no llevan una vida plena y victoriosa porque “no entienden quiénes son… específicamente su identidad en Cristo… como hijos de Dios”, ni las maravillosas transformaciones que ocurrieron al confiar en Cristo. Este ensayo explorará las enseñanzas de Neil Anderson sobre nuestra identidad en Cristo, fundamentándolas bíblicamente y ofreciendo un enfoque devocional, edificante y a la vez desafiante. Veremos primero la importancia de este tema y las consecuencias de ignorarlo; luego expondremos las verdades bíblicas que definen al creyente en Cristo, tal como Anderson suele enseñarlas, incorporando abundantemente las Escrituras pertinentes. Finalmente, presentaremos aplicaciones prácticas que invitan al creyente a despertar de la pasividad espiritual, afirmarse en su identidad dada por Dios y obedecer a la verdad, para así vivir en la libertad y plenitud que Cristo ganó para nosotros.

La importancia de comprender nuestra identidad en Cristo

Una de las preguntas fundamentales que Neil Anderson plantea a los creyentes es: “¿Quién eres?”. A primera vista, responder parece sencillo; sin embargo, Anderson señala que tendemos a definirnos por factores superficiales o roles temporales. Por ejemplo, si alguien nos pregunta quiénes somos, podríamos responder con nuestro nombre, profesión, nacionalidad o denominación religiosa. Pero ninguno de esos datos responde realmente a la pregunta de fondo. Anderson ilustra esto con su propia experiencia: cuando a él le hicieron esa pregunta, respondió “Soy Neil Anderson” (nombre), luego “soy profesor de seminario” (ocupación), “soy norteamericano” (nacionalidad), “soy evangélico” (denominación), etc., hasta darse cuenta de que ninguna de esas etiquetas describe quién es él en esencia. Incluso las características físicas (estatura, apariencia) o los roles en la iglesia son aspectos secundarios de nuestra persona. La Escritura nos advierte a “no conocer a nadie según la carne” (2 Co 5:16), es decir, no basar nuestra valoración en criterios meramente humanos externos. La verdadera identidad del cristiano trasciende lo físico y circunstancial.

Anderson plantea entonces una cuestión crucial: “¿Será que lo que hacemos determina quiénes somos, o lo que somos determina lo que hacemos?”. Esta pregunta tiene enormes implicaciones. El mundo suele asumir lo primero – que nuestro valor e identidad se definen por nuestras acciones, logros, apariencia o estatus. Pero bíblicamente es lo segundo: lo que somos en Cristo debe definir cómo vivimos. Anderson afirma categóricamente que él se adhiere a la segunda opción, y explica que “la comprensión de quién es Dios y quién eres tú en relación a Él es el fundamento más importante para tu estructura de creencia y tus patrones de comportamiento como cristiano” (Anderson, 1997, p. 23). En otras palabras, una identidad definida correctamente produce una vida cristiana sólida; mientras que una identidad mal entendida conlleva inseguridad y comportamientos inconsistentes con la fe.

Por desgracia, “tantos creyentes luchan contra su propia identidad, seguridad, significado… ¿Por qué?” se pregunta Anderson. La primera razón que identifica es la ignorancia: muchos no saben o no han asimilado lo que Dios dice de ellos en Su Palabra. La Biblia declara: “Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento” (Os 4:6) – versículo que Anderson cita para subrayar el costo de no conocer nuestra nueva identidad en Cristo. Otras razones son la carne (nuestra naturaleza pecaminosa que resiste las verdades de Dios) y el engaño de Satanás, “el padre de mentiras”, que busca robarnos la identidad dada por Dios. De hecho, Anderson observó en su ministerio de consejería que muchos cristianos, aun después de nacer de nuevo, continúan pensando de sí mismos de forma antigua y falsa – como “pecadores fracasados” – porque el acusador (Satanás) influencia su auto-percepción con mentiras. Esta confusión entre el ser y el hacer produce creyentes inseguros, derrotados y estancados espiritualmente. Si creemos que “soy un fracasado” porque fallé, tenderemos a actuar según esa mentira, cayendo en más fracaso; si creemos que “soy un pecador incurable” olvidando que ahora somos nuevas criaturas, fácilmente nos resignaremos a seguir pecando. En cambio, Dios quiere que sepamos quiénes somos para comenzar a vivir en consecuencia. En resumen, comprender y reafirmar nuestra identidad en Cristo no es un tema teórico menor, sino que tiene consecuencias prácticas profundas: influye en nuestra conducta, en nuestra victoria sobre el pecado y en la confianza con que nos acercamos a Dios. Como lo expresa Neil Anderson, “mientras más reafirmas quién eres en Cristo, más comenzará tu comportamiento a reflejar tu verdadera identidad”. La identidad en Cristo es, pues, un cimiento para la vida cristiana victoriosa.

Las falsas identidades y la necesidad de la verdad de Dios

Si la identidad en Cristo es tan crucial, ¿por qué con frecuencia los creyentes viven por debajo de su posición, sintiéndose derrotados o sin propósito? Anderson sugiere que parte del problema es que hemos basado nuestra identidad en ecuaciones equivocadas inculcadas por el mundo. Desde jóvenes absorbemos la idea de que nuestro valor depende de atributos externos: la apariencia física, la aprobación social, los logros académicos o profesionales, el estatus económico, etc. En Victoria sobre la oscuridad, Anderson ilustra esta trampa citando al autor Maurice Wagner, quien describe la búsqueda de valía personal mediante fórmulas como: “buena apariencia + admiración de los demás = persona feliz” o “buen rendimiento + reconocimiento = persona valiosa”. Estas premisas, aunque populares, son profundamente engañosas. Anderson comenta que aun si alguien lograra todos esos objetivos mundanos, seguiría sin llenar el vacío del corazón. Por ejemplo, el rey Salomón poseyó “poder, rango, riqueza, bienes y mujeres”, además de sabiduría dada por Dios, y sin embargo concluyó: “Vanidad de vanidades… todo es vanidad” (Ec 1:2). Salomón descubrió que una vida significativa no se encuentra en los ídolos del éxito terreno, sino en Dios. Como escribe Anderson, millones suben la escalera del éxito solo para darse cuenta al final de que estaba apoyada en la pared equivocada. El mundo promete satisfacción a cambio de belleza, fama o dinero, pero es un espejismo que deja al alma sedienta de propósito real.

Anderson también confronta la suposición contraria: si éxito = significado, muchos concluyen que falta de éxito = falta de valor. En una conversación con un estudiante, él preguntó qué esperanza de felicidad tendría una chica con fea apariencia, torpe en el hablar y mediocre en sus notas; el estudiante respondió que “probablemente ninguna”. Anderson replicó que esa conclusión puede ser cierta en el reino de este mundo, donde imperan esos valores superficiales, pero en el Reino de Dios las ecuaciones de éxito/fracaso humano simplemente no aplican. “En el Reino de Dios todos tenemos exactamente las mismas oportunidades de tener una vida feliz”, afirma Anderson, “debido a que una vida significativa no es el producto de lo que tenemos o no tenemos, de lo que hemos hecho o no hemos hecho”. Nuestra valía no proviene de nuestro desempeño ni de la opinión ajena, sino de una fuente mucho más alta: el amor incondicional de Dios y la nueva posición que Él nos ha dado. “Tú ya eres una persona de inmenso significado y propósito tan sólo por lo que eres: un hijo de Dios”. En Cristo, el más “insignificante” a los ojos del mundo tiene un valor incalculable, y el más débil es fuerte, porque Dios escoge lo débil para avergonzar a lo fuerte (1 Co 1:27).

El contraste no podría ser más marcado: en la cultura secular, la identidad se construye – y puede desmoronarse con la crítica, el rechazo o el fracaso. Pero en Cristo, la identidad se recibe como un regalo de gracia, estable y permanente. Anderson resume la verdad con una fórmula simple: “Lo único que existe y funciona en el Reino de Dios eres tú más Cristo, lo cual da como resultado aceptación y sentido de ser”. Ni nuestras obras ni las etiquetas impuestas por otros determinan quiénes somos en último término, sino Cristo uniéndose a nosotros. Cuando ponemos nuestra fe en Jesús, Él – con su poder, justicia y amor – se vuelve la parte definitoria de nuestra identidad. Esta es la “verdad que nos hace libres” (Jn 8:32). Por ello, Anderson enfatiza que debemos derribar las mentiras que hemos creído sobre nosotros mismos y reemplazarlas con la verdad bíblica. Identificar pensamientos negativos arraigados (“no valgo nada”, “soy un caso perdido”, etc.) y confrontarlos con las promesas de Dios es un paso esencial hacia la libertad. En Rompiendo las cadenas, Anderson enseña que no tenemos por qué vivir más “encadenados” a esos patrones mentales; Dios nos ha provisto todo lo necesario para romper tales ataduras espirituales y encontrar libertad en Cristo (Anderson, 2008, p. 15). En resumen, el mundo nos ha dado definiciones falsas de identidad que llevan a la esclavitud del desempeño y la autoimagen distorsionada; pero Dios, a través de Cristo, nos da una nueva identidad verdadera que conduce a la libertad, la paz y una vida fructífera para Su gloria. A continuación, exploraremos en detalle qué dice la Biblia acerca de esa nueva identidad que poseemos los creyentes, verdades que Neil Anderson ha destacado consistentemente en sus escritos.

Verdades bíblicas sobre nuestra identidad en Cristo

La Palabra de Dios está repleta de declaraciones acerca de quiénes somos en Cristo una vez que hemos nacido de nuevo. Neil Anderson ha compilado y enseñado muchas de estas verdades bíblicas, animando a los creyentes a memorizarlas, proclamarlas y arraigarse en ellas. De hecho, Anderson suele organizar estas afirmaciones en categorías que reflejan tres necesidades fundamentales del ser humano en cuanto a identidad: la necesidad de aceptación, de seguridad y de propósito o significado. A la luz de lo que Cristo ha hecho por nosotros, el creyente en Él puede decir con plena confianza: “Soy aceptado”, “Estoy seguro” y “Tengo propósito”. Veamos cada uno de estos aspectos con sus correspondientes fundamentos bíblicos.

Aceptados y amados por Dios

En Cristo, hemos sido plenamente aceptados por Dios y hechos parte de Su familia. El apóstol Juan declara: “Mas a todos los que le recibieron [a Jesús], a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios (Jn 1:12, RVR1960). Esta es una verdad asombrosa: Dios nos adoptó como Sus propios hijos por medio de Cristo, según el puro afecto de Su voluntad (Ef 1:5). Ya no somos criaturas alejadas ni enemigos de Dios, sino hijos amados. “¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios!” (1 Jn 3:1). Como hijos, también somos amigos de Cristo: Jesús dijo a sus discípulos “Ya no os llamaré siervos… os he llamado amigos” (Jn 15:15). Tener esta cercanía relacional con Dios—ser Su hijo y amigo—significa que somos aceptados incondicionalmente. Nada que hagamos podrá aumentar o disminuir el amor que Él nos tiene en Jesús.

Además, en Cristo hemos sido justificados delante de Dios. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro 5:1). Ser justificado implica que Dios, como juez, nos declara justos y sin culpa debido a que Jesús cargó con nuestro pecado. Por tanto, no hay ninguna condenación pendiente sobre nosotros: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro 8:1). El sentimiento de culpa o de vergüenza ya no tiene derecho legal de esclavizarnos, porque Cristo pagó completamente nuestra deuda. Dios nos ha perdonado “todos nuestros pecados” (Col 2:13-14) y “en Él tenemos redención por Su sangre, el perdón de pecados conforme a las riquezas de Su gracia” (Ef 1:7). Anderson insiste en que debemos abrazar esta identidad de perdonados y libres de condenación. Muchos cristianos siguen paralizados por la culpa del pasado o las acusaciones del enemigo, pero la verdad es que en Cristo estamos limpios. El apóstol Pablo desafía cualquier voz acusadora al preguntar: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió… el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Ro 8:33-34). ¡Qué mayor aceptación podemos desear que la del Dios del universo declarando que ya no hay cargos contra nosotros porque Su propio Hijo intercede a nuestro favor!

En Cristo, Dios nos ha aceptado totalmente, no por nuestros méritos sino por la gracia. Efesios 1:6 lo expresa diciendo que Dios nos “hizo aceptos en el Amado” (RVR1960), es decir, al estar unidos al Amado Hijo de Dios, nosotros también somos amados y aceptos ante Él. Esta aceptación divina sana las más profundas heridas de rechazo que hayamos podido sufrir en el mundo. Anderson relata casos de personas que, a pesar de tenerlo todo exteriormente, lloraban sintiéndose “vacías” e “insignificantes” en su interior. Frecuentemente esto se debe a que nunca han experimentado la seguridad del amor incondicional. La buena noticia es que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones” (Ro 5:5) y nada podrá separarnos de ese amor (Ro 8:38-39). Nuestra identidad primaria es ésta: somos hijos amados de Dios. Cuando realmente creemos esto, desaparece la desesperada carrera por buscar aprobación humana. Podemos descansar en que nuestro Padre celestial nos conoce completamente y aun así nos ama completamente en Cristo.

Seguros en Cristo, libres de temor y condenación

Junto con la aceptación, la seguridad es otro aspecto vital de nuestra identidad en Cristo. Vivimos en un mundo lleno de incertidumbre, y muchos creyentes batallan con temores: miedo al rechazo, miedo al abandono de Dios, miedo a perder la salvación, etc. La Escritura, sin embargo, nos asegura que en Cristo estamos completamente seguros en las manos de Dios. Jesús prometió: “Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Jn 10:28). Somos guardados por el poder de Dios mediante la fe (1 P 1:5). Neil Anderson destaca varias verdades bíblicas que cimentan esta seguridad:

  • Nada nos separará del amor de Dios: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? … estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles… ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro 8:35-39). Esta poderosa afirmación cubre cualquier circunstancia imaginable. Nuestro vínculo con el amor de Cristo es indisoluble; ni las fuerzas espirituales ni las tragedias humanas pueden arrancarnos de Él. Saber esto infunde una profunda confianza: pase lo que pase, soy amado y Dios no me dejará.

  • Estamos perdonados y libres de acusación: Como se mencionó antes, ninguna acusación puede prosperar contra los que Dios escogió (Ro 8:33). Incluso cuando fallamos, tenemos un Abogado en Cristo (1 Jn 2:1). Anderson subraya que, aunque podemos pecar, eso no nos convierte de nuevo en “pecadores” en cuanto a identidad; seguimos siendo hijos de Dios que necesitan confesión y restauración, pero no perdemos nuestra posición. “¿Cómo podría una hija de Dios ser malvada?” respondió a una joven cristiana que se llamó a sí misma “malvada” por sus pecados. Si hay verdadero arrepentimiento, esa persona sigue siendo en esencia un hijo amado de Dios que ha tropezado, no una identidad cambiada a “malvada”. Esta seguridad evita que el creyente se defina por sus caídas. En vez de hundirse en culpa, puede levantarse en la gracia, sabiendo que sigue perteneciendo a la familia de Dios.

  • Somos sellados con el Espíritu Santo: Dios mismo ha puesto Su marca de propiedad y protección sobre nosotros. “El que nos ungió es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras (garantía) del Espíritu en nuestros corazones” (2 Co 1:21-22). Efesios 1:13 añade que habiendo creído en Cristo, fuimos “sellados con el Espíritu Santo de la promesa”, el cual es la garantía de nuestra herencia hasta la redención final. Un sello en tiempos bíblicos indicaba autenticidad, pertenencia y seguridad. Así también, el Espíritu Santo en nosotros testifica que somos genuinamente de Cristo y nos guarda para la salvación final. Dios no revoca ese sello; es Su Espíritu habitando en nosotros quien nos capacita para perseverar.

  • Somos templo de Dios y Él mora en nosotros: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Co 3:16). Si Dios mismo ha hecho de nuestro corazón Su morada, podemos estar seguros de que no nos dejará ni nos desamparará (He 13:5). Esta cercanía permanente de Dios en el creyente elimina la soledad existencial. Nunca estamos solos; Su presencia va con nosotros a dondequiera.

  • Tenemos plena ciudadanía celestial y futuro asegurado: “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Fil 3:20), afirma Pablo, y además “juntamente con [Cristo] nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales” (Ef 2:6). Esto indica que, a los ojos de Dios, ya estamos posicionados con Cristo en victoria. Somos ciudadanos del reino de Dios con todos los derechos que ello implica. Filipenses 1:6 promete que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. Podemos confiar en que Dios completará Su obra en nosotros; no nos dejará a mitad de camino. En suma, nuestra identidad incluye una seguridad eterna: no solo estamos seguros en el amor de Dios ahora, sino que nuestro destino final – ser glorificados con Cristo – está garantizado por Su fidelidad (Ro 8:30).

Todas estas verdades contrarrestan el miedo y la incertidumbre. Anderson menciona también 2 Timoteo 1:7: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” En vez de temor, Dios nos infunde valor mediante nuestra nueva identidad. Ya no somos esclavos del miedo (Ro 8:15); somos hijos que claman “¡Abba, Padre!” sabiendo que son escuchados. El creyente puede decir con confianza: “El Señor es mi ayudador; no temeré” (He 13:6). Esta seguridad interior produce una paz que el mundo no puede dar ni quitar. Anderson anima a los cristianos a apropiarse de estas promesas diariamente, renovando su mente para expulsar las dudas. Cuando los dardos de la duda o condenación vengan, podemos responder con la verdad: “Soy una nueva creación en Cristo, perdonado y seguro en el amor de Dios” (2 Co 5:17; Ro 8:1,38-39).

Con un propósito y autoridad: nuestra significación en Cristo

El tercer aspecto de nuestra identidad en Cristo que Neil Anderson enfatiza es la significación o propósito. Dios nos salva y nos adopta, pero también nos destina a un propósito divino aquí en la tierra. Cada creyente, sin excepción, tiene un llamado y una función valiosa en el plan de Dios. No hay cristianos “de segunda clase” o inútiles. Al contrario, la Biblia dice que somos “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de Aquel” que nos llamó (1 P 2:9). Veamos algunas declaraciones bíblicas que demuestran nuestra nueva significación en Cristo:

  • Sal y luz del mundo: Jesús nos dijo: “Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5:13-14). Estas dos metáforas implican influencia y propósito. La sal preserva y da sabor; la luz ilumina en la oscuridad. En Cristo, nuestra vida cobra un propósito eterno: influir para bien en nuestro entorno, detener la corrupción moral como sal, y reflejar la luz de Cristo en medio de la oscuridad espiritual. Anderson incluye esta verdad para recordarnos que no somos insignificantes: el mismo Señor nos asignó un rol vital en Su misión redentora en el mundo.

  • Pámpanos de la vid, destinados a dar fruto: Jesús dijo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos… el que permanece en mí y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Jn 15:5). Y también: “Yo os elegí… y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15:16). Esto nos asegura que fuimos escogidos con un propósito: llevar fruto para la gloria de Dios. Las buenas obras, el servicio, el impacto en otras vidas – todo eso fluye de nuestra unión con Cristo (la Vid). No llevamos fruto para convertirnos en discípulos, sino porque somos discípulos unidos a Él. Nuestra identidad de pámpanos conectados a la Vid Viva garantiza que nuestra vida puede y debe ser fructífera. No importa cuán ordinarios nos sintamos, Dios quiere dar fruto a través de nosotros – fruto de carácter (el fruto del Espíritu, Gá 5:22-23) y fruto de ministerio (vidas tocadas por nuestro testimonio). Somos instrumentos escogidos en las manos de Dios.

  • Embajadores y ministros de reconciliación: “Dios… nos dio el ministerio de la reconciliación… así que somos embajadores en nombre de Cristo” (2 Co 5:18-20). ¡Qué privilegio! Dios nos hace Sus embajadores, representantes del reino celestial aquí en la tierra. Un embajador lleva la autoridad y el mensaje de su rey. De igual modo, cada cristiano tiene autoridad delegada por Cristo (Mt 28:18-20) para anunciar el evangelio y reconciliar a las personas con Dios. Anderson resalta que no solo los pastores o líderes, sino todos los creyentes tienen este rol (Anderson, 1997, p. 130). Al entendernos como embajadores, nuestra visión de la vida cristiana se eleva: no estamos aquí sin rumbo, tenemos una misión dada por Dios. Esto desafía al creyente pasivo a levantarse y asumir su papel activo en el cuerpo de Cristo.

  • Miembros del cuerpo de Cristo y colaboradores de Dios: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1 Co 12:27); “Así, pues, nosotros, como colaboradores suyos…” (2 Co 6:1). Estas frases subrayan que pertenecemos a una comunidad (la Iglesia) donde cada miembro es importante y tiene una función. No existe miembro inútil en el cuerpo de Cristo. Además, al decirnos “colaboradores de Dios”, la Biblia nos enseña que Dios quiere obrar con nosotros. Increíblemente, Él nos incluye en Sus planes, dándonos dones y capacidades para edificar a otros (1 Co 12:7). Esta identidad como parte del cuerpo anima al creyente que se siente “no tengo nada que aportar”; Dios mismo lo ha colocado en su pueblo con dones específicos (1 P 4:10) y un lugar donde servir.

  • Obra maestra de Dios, creada para buenas obras: “Somos hechura [obra maestra] de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano” (Ef 2:10). Este versículo combina bellamente aceptación, identidad y propósito. Hechura (poiema en griego, de donde viene “poema”) indica que Dios nos diseñó intencionalmente con un propósito único. No somos un accidente ni estamos de más; fuimos diseñados “a la medida” para las buenas obras específicas que Dios ya planeó que hiciéramos. Esto provee un sentido de destino y de responsabilidad: mi vida tiene un significado que descubrir en la voluntad de Dios. Anderson frecuentemente alienta a los creyentes a preguntarle a Dios cuál es Su propósito particular para sus vidas, sabiendo que cada uno tiene un llamado (sea en el hogar, trabajo, iglesia, misiones, etc.). No hay mayor realización personal que cumplir aquello para lo cual fuimos creados en Cristo.

  • Capacitados en Cristo para triunfar: Por último, la Escritura afirma: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4:13). Esta no es una frase motivacional vacía, sino una realidad de la identidad del creyente: estamos capacitados por el poder de Cristo para enfrentar cualquier circunstancia y realizar Su voluntad. También se nos dice que en Cristo somos “más que vencedores” (Ro 8:37). Por lo tanto, parte de nuestra identidad es vencedor, victorioso. Anderson en Rompiendo las cadenas recalca que no debemos vivir con una mentalidad de víctima o esclavo, porque Cristo nos ha hecho vencedores sobre el pecado y las fuerzas de oscuridad. Cuando un creyente se ve a sí mismo únicamente como “pobre pecador siempre derrotado”, vivirá en derrota; pero si se ve como Dios le ve – un vencedor en Cristo – empezará a actuar en esa victoria por fe.

En conjunto, todas estas facetas muestran que el creyente tiene un propósito elevado y una posición de autoridad en Cristo. Somos hijos del Rey, llamados a influir en este mundo, con la autoridad de Su Palabra y Su Espíritu respaldándonos. Vale la pena señalar que el Nuevo Testamento a los creyentes usualmente les llama “santos” (Ef 1:1, 1 Co 1:2) que significa apartados para Dios, en lugar de definirlos por su pasado pecador. Aunque aún pecamos a veces, nuestra identidad primaria ya no es “pecador” sino “santo en Cristo” (Anderson, 1997, p. 45). Esto no es un título elitista, sino una realidad de nuestra nueva naturaleza: Dios nos ve revestidos de la santidad de Cristo. Al sabernos santos y con propósito, se despierta en nosotros el anhelo de vivir a la altura de ese llamamiento santo (Ef 4:1). Cuando sabemos quiénes somos, sabemos qué hacer. El comportamiento fluye de la identidad. Así, comprender que somos aceptados, seguros y con propósito en Cristo nos impulsa a vivir en santidad, confianza y misión.

Renovando la mente: apropiarse de la identidad en la vida diaria

Llegados a este punto, quizás muchos creyentes asientan intelectualmente a estas verdades: “Sí, la Biblia dice que soy hijo de Dios, perdonado, victorioso…”. Sin embargo, la realidad de la vida diaria es que a veces no sentimos ni actuamos conforme a esa identidad. Podemos seguir lidiando con complejos, dudas o hábitos que contradicen quiénes somos en Cristo. Neil Anderson es consciente de esta brecha entre el conocimiento teórico y la vivencia práctica. Por eso, en sus libros no solo enumera las verdades de identidad, sino que ofrece pasos concretos para internalizarlas y aplicarlas, en un proceso de renovación de la mente.

Anderson enseña que la batalla principal se libra en el terreno de nuestros pensamientos y creencias. El enemigo intentará continuamente susurrar mentiras: “Dios no te ama de verdad”, “mira, sigues cayendo, eres un hipócrita”, “no sirves para nada”, etc. Contra esto, nuestra arma es la verdad de la Palabra de Dios. “Debemos reconocer las cosas que hemos creído que no son acertadas y luego hablar lo que es la verdad a nuestras mentes”, aconseja Anderson. Esto implica dos acciones: despojarse de la mentira y revestirse de la verdad (cf. Ef 4:22-24). Por ejemplo, si un creyente detecta en su mente el pensamiento “nunca podré cambiar, soy esclavo de este pecado”, debe primero rechazar esa mentira, confesándola a Dios, y luego declarar la verdad opuesta: “En Cristo soy libre del dominio del pecado; el poder del Espíritu me capacita para vivir en santidad” (cf. Ro 6:6-7,14). Esta disciplina de reemplazar pensamientos es lo que Romanos 12:2 llama “renovar el entendimiento”, y 2 Corintios 10:5 describe como “llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”.

En la práctica, Anderson sugiere ejercicios devocionales como: escribir listas de las mentiras específicas que más lo atacan a uno (p. ej., “soy inútil”, “Dios me ha abandonado”, “no puedo vencer tal hábito”) y luego, al lado, escribir las verdades bíblicas que anulan esas mentiras. Posteriormente, en oración, renunciar explícitamente a cada mentira y proclamar la correspondiente verdad de la Escritura, agradeciendo a Dios por ella. Este proceso forma parte de lo que Anderson llamó “Pasos hacia la libertad en Cristo”, un recurso práctico que acompaña sus libros (Anderson, 2001). Muchos testimonios indican que al hacer estos pasos, creyentes que se sentían atados a pecados o pensamientos opresivos experimentaron liberación espiritual. No es de extrañar: Jesús dijo, “Si permanecéis en mi palabra… conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8:31-32). Permanecer en Su palabra significa afirmarla constantemente sobre nuestra vida.

Otra herramienta importante que Anderson recomienda es la confesión escritural diaria. En Diariamente en Cristo, su devocional de 365 días, él provee meditaciones con énfasis en la identidad en Cristo. Muchos cristianos han encontrado útil comenzar el día declarando en voz alta varias de las afirmaciones bíblicas sobre quiénes son en Cristo. Anderson suele aconsejar memorizar versículos clave y usarlos para contrarrestar ataques mentales. Por ejemplo, cuando se sienta la tentación de la condenación, citar Romanos 8:1; cuando asalte el miedo, recitar 1 Juan 4:4 (“mayor es el que está en vosotros que el que está en el mundo”); cuando uno se sienta inútil, recordar Filipenses 4:13, etc. Este hábito es similar a cómo Jesús mismo enfrentó las tentaciones de Satanás declarando “Escrito está…” (Mt 4:4-10). La Palabra de Dios en nuestra boca es una espada poderosa (Ef 6:17; He 4:12) para derribar las fortalezas de mentira.

No obstante, Anderson advierte que el simple hecho de saber estas cosas no produce cambio mágico; “aprender nueva información simplemente no es suficiente. Debemos aplicarla e internalizarla para poder vivirla”. Esto requiere disciplina y fe persistente. Renovar la mente es un proceso diario, como ejercitar un músculo. Al inicio puede parecer artificial repetir “Soy una hija amada de Dios, perdonada y santificada”, especialmente si los sentimientos dicen lo contrario. Pero gradualmente, la verdad repetida en fe va calando y desplazando las viejas formas de pensar.

Anderson también enfatiza la importancia de la fe obediente. Entender nuestra identidad no es para vanagloria personal, sino para disponernos a obedecer a Dios sin las trabas de la inseguridad o el temor. Por ejemplo, si sé que Dios me acepta, puedo arriesgarme a amar a otros sin miedo al rechazo; si sé que tengo autoridad en Cristo, me atreveré a testificar o a orar con valentía por liberación; si sé que soy santo en Cristo, huiré de la tentación en lugar de razonar “igual soy débil y voy a caer”. La fe activa nuestra identidad. Santiago 1:22 nos insta a ser hacedores de la palabra y no solamente oidores. Así que, tras afirmar “Soy [x] en Cristo”, debemos dar un paso de obediencia coherente con esa verdad. Por ejemplo: “Soy perdonado, así que escojo perdonarme a mí mismo y también perdonar a quienes me ofendieron” (Ef 4:32); “Soy embajador de Cristo, así que hoy hablaré de Jesús cuando tenga la oportunidad”. De este modo, la identidad se encarna en la vida diaria.

En síntesis, apropiarse de la identidad en Cristo conlleva renovar nuestra mente con la verdad bíblica y caminar en obediencia por fe. Es un proceso continuo de crecimiento. Habrá días en que aún fallemos o nos sintamos débiles, pero incluso entonces debemos regresar a la base: confesar nuestros pecados (1 Jn 1:9), recordar quiénes somos en Cristo y levantarnos nuevamente. Proverbios 24:16 dice que siete veces cae el justo y vuelve a levantarse. Nuestra justicia está en Cristo, y por eso no nos quedamos postrados. Neil Anderson a menudo comparte que cuando él mismo enfrenta desánimo o ataques espirituales, vuelve a las Escrituras y afirma en oración su posición en Cristo hasta recobrar la perspectiva. Esta es una práctica que todos los creyentes podemos imitar.

Conclusión: Llamado a despertar y vivir en la luz de nuestra identidad

Las enseñanzas de Neil Anderson sobre la identidad en Cristo no son meramente teóricas; buscan encender un fuego de renovación y despertar espiritual en el pueblo de Dios. En un mundo plagado de confusión acerca de la identidad – donde incluso se fabrican identidades falsas en redes sociales, o se adoptan etiquetas destructivas – los cristianos poseemos en el evangelio la respuesta a la pregunta “¿Quién soy?” en su forma más pura y liberadora. Somos, ni más ni menos, lo que Dios dice que somos en Su Palabra: hijos amados, perdonados, templos vivientes de Su Espíritu, coherederos con Cristo, soldados de la luz, embajadores del Rey, creación nueva y pueblo santo destinado a reflejar Su gloria. Esta identidad gloriosa, sin embargo, de nada aprovecha si la ignoramos o la tenemos arrinconada como doctrina abstracta. Es hora de apropiarla y despertar a una vida coherente con ella.

El apóstol Pablo en Efesios 5:14 le dice a los creyentes: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo.” Estas palabras resuenan hoy para la Iglesia. Muchos cristianos han estado “dormidos” en cuanto a su identidad: viven como huérfanos espirituales teniendo un Padre amoroso; caminan en derrota cuando la victoria ya les fue dada; permanecen encadenados a viejos hábitos cuando Cristo rompió esas cadenas en la cruz; se arrastran con complejo de inferioridad cuando Dios los ha sentado en lugares celestiales con Cristo (Ef 2:6). A ellos les decimos: ¡Despierta y levántate! No más auto-compasión ni pasividad. Es hora de vivir a la altura de nuestro nuevo nombre de cristianos, dejando atrás el victimismo y abrazando la victoria que Jesús compró.

La comprensión de la identidad en Cristo debe llevarnos a la obediencia activa. Anderson recalca que conocer quiénes somos nos impulsa a actuar en consecuencia – “cuando sabemos quiénes somos, sabemos qué hacer”. Si soy hijo de Dios, entonces hablaré con mi Padre en oración confiadamente y evitaré entristecerlo con pecado voluntario. Si soy luz en el Señor, no puedo seguir escondiéndome en las tinieblas de viejos vicios; más bien alumbraré con buenas obras. Si soy embajador, no me quedaré callado ante un mundo que perece sin Cristo; compartiré el mensaje de reconciliación con amor y urgencia. La identidad conlleva responsabilidad. Jesús, al sanar al paralítico, le ordenó “¡Levántate y anda!” (Jn 5:8). Hoy Él nos dice algo parecido espiritualmente: levántate de tu parálisis, anda en las verdades que te he dado. Tenemos que dar pasos firmes de fe, aunque al principio titubeemos. Dios estará con nosotros respaldando Su llamado.

En términos prácticos, ¿qué pasos podemos dar a partir de hoy? He aquí algunas aplicaciones concretas a modo de desafío final, inspiradas en la obra de Anderson y, sobre todo, en la Escritura:

  • Alimenta tu mente con la verdad diariamente: Decide invertir tiempo cada día en leer, meditar y declarar la Palabra de Dios referente a tu identidad. Puedes usar listas de versículos como las incluidas en este ensayo (ver Romanos 8, Efesios 1-2, 1 Pedro 2, etc.) y hacerlas motivo de oración y alabanza. Por ejemplo, al leer Efesios 1:3-8, dale gracias a Dios: “Padre, bendito seas porque me has bendecido con toda bendición espiritual, me escogiste, me adoptaste, me perdonaste en Cristo”. Tales ejercicios devocionales reprogramarán tu manera de pensar y te llenarán de gratitud en lugar de queja.

  • Identifica y derriba las mentiras personales: Pídele al Espíritu Santo que te muestre qué mentira específica te ha estado impidiendo crecer. Tal vez es “no valgo nada” o “Dios no me puede usar” o “nunca cambiaré esta conducta”. Escríbela y luego busca la verdad bíblica que la contrarresta. Memoriza esa promesa de Dios. La próxima vez que la mentira surja, háblale la verdad con autoridad en el nombre de Jesús. Verás cómo la fortaleza mental del enemigo se debilita cada vez más hasta caer (2 Co 10:4-5).

  • Involúcrate en comunidad y servicio: Recordemos que parte de nuestra identidad es ser miembros del cuerpo de Cristo y colaboradores de Dios. No podemos vivir esta identidad aislados. Participa activamente en tu iglesia; rodéate de hermanos que también busquen vivir la verdad, para animarse mutuamente (He 10:24-25). Sirve en algún ministerio o área según tus dones. Al servir, estarás ejercitando tu propósito y afirmando “Dios me ha puesto aquí con un propósito”. Cada vez que veas a Dios obrar a través de ti, por pequeño que parezca, tu comprensión de ser Su instrumento se afianzará.

  • Ora con autoridad y fe: Como hijo de Dios y embajador suyo, tienes línea directa de oración con el Padre (Ef 2:18). Acércate al trono de la gracia con confianza (He 4:16), intercede por tu familia, tu ciudad, reprende al enemigo cuando ores contra tentaciones o influencias malignas, basándote en la autoridad de Cristo. Anderson ha enfatizado la importancia de orar declarando nuestra posición en Cristo para enfrentar la guerra espiritual (Anderson, 2000). No oremos más como mendigos inseguros, sino como hijos que saben que su Padre les oye (1 Jn 5:14-15).

  • Levántate después de cada tropiezo: Quizá habrá días en que olvidarás estas verdades y actúes en la carne. Si caes en pecado o desaliento, no te quedes allí. Recuerda quién eres: “levántate… Cristo te alumbrará”. Confiesa tu falla, recibe el perdón (que ya te pertenece en Cristo) y avanza. No te pongas etiquetas derrotistas. Rechaza frases como “soy un desastre”; más bien di “he fallado, pero ese no es quien soy yo; soy una nueva criatura aprendiendo a caminar, y mi Padre me enseñará a hacerlo mejor la próxima vez”. Persevera, sabiendo que la obra de Dios en ti está en proceso, pero Su plan es hacerte cada vez más semejante a Jesús – y Él lo cumplirá (Ro 8:29, Fil 1:6).

En conclusión, la identidad en Cristo es un regalo inmerecido y a la vez una tarea por descubrir. Neil Anderson ha sido un instrumento para recordarnos las insondables riquezas que ya poseemos en Jesús, exhortándonos a no conformarnos con una vida inferior a nuestra elevada posición. Este ensayo ha procurado presentar esa visión bíblica: que somos aceptados sin condición, seguros en el amor omnipotente de Dios y llamados con un propósito eterno. Tal convicción debe traducirse en una vida de libertad, gozo y obediencia. Dios nos invita hoy a despertar de la pasividad, sacudir las cadenas que Él ya rompió, y ponernos en pie con la armadura de nuestra nueva identidad (Ef 6:11-13). Vivamos, pues, a la altura del nombre que portamos – hijos del Dios viviente – para que el mundo vea en nosotros el reflejo de Cristo y muchos más encuentren en Él su verdadera identidad. Como dice 1 Juan 3:2, “Ahora somos hijos de Dios… y cualquiera que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, así como Él es puro.” Que al entender quiénes somos, respondamos con una vida pura, valiente y entregada a aquel que nos hizo Suyos. A Dios sea la gloria por nuestra nueva identidad en Cristo, “escogidos, santos y amados” (Col 3:12), ahora y por la eternidad. ¡Amén!

Referencias

  • Anderson, N. T. (1997). Victoria sobre la oscuridad: Reconoce el poder de tu identidad en Cristo (Ed. en español). Miami: Unilit.

  • Anderson, N. T. (2008). Rompiendo las cadenas (edición revisada). Miami: Unilit.

  • Anderson, N. T. & Anderson, J. (1995). Diariamente en Cristo: Un devocional. Miami: Unilit.

  • La Santa Biblia (1960). Reina-Valera 1960. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas. (Citas bíblicas).

  • Bible.com (2020). Plan de lectura “¿Quién Soy en Cristo?” – Día 10. Life.Church/YouVersion. .

  • Editorial Unilit (2013). Victoria sobre la oscuridad (muestra en línea).

  • Editorial Unilit (2015). Rompiendo las cadenas, edición para jóvenes (muestra en línea). (Citas informativas sobre identidad).

  • Scribd (s/f). “Mi Identidad en Cristo – Neil Anderson”. (Resumen de versículos de identidad compilados por Anderson).