OAP72

✝ Antes bien, examinadlo todo cuidadosamente, retened lo bueno; absteneos de toda forma de mal. 1Tes 5.21-22 ✝

22/06/26

El gnosticismo: origen, trasfondo y su irrupción en Colosas y las iglesias del valle del Lico

INTRODUCCIÓN

Pocas corrientes de pensamiento religioso han resultado tan difíciles de definir, y al mismo tiempo tan influyentes, como el gnosticismo. Se trata de un fenómeno que no nació de la nada ni apareció de golpe en el siglo II, sino que fue tomando forma lentamente a partir de un caldo de cultivo donde se mezclaron el judaísmo apocalíptico, la filosofía griega y las inquietudes religiosas propias de los pueblos orientales sometidos al dominio de Roma. Antes de que existiera un sistema gnóstico propiamente dicho, ya circulaba entre ciertos sectores del judaísmo y del cristianismo naciente una sensibilidad particular hacia lo oculto, hacia el conocimiento reservado a unos pocos, hacia la convicción de que el mundo material era, en el fondo, un lugar ajeno al verdadero hogar del espíritu.

Ese clima intelectual y espiritual terminó cristalizando en lo que los heresiólogos cristianos llamaron gnosticismo, un movimiento que llegó a poner en jaque a comunidades tan jóvenes como la de Colosas y las demás iglesias del valle del Lico. El presente trabajo se propone recorrer ese itinerario, deteniéndose en los orígenes del fenómeno, en su trasfondo histórico y cultural, en una definición operativa de lo que el gnosticismo fue, en la respuesta que ofrecieron padres de la Iglesia como Ireneo de Lyon, y finalmente en el modo concreto en que esta corriente afectó a las comunidades cristianas de Asia Menor a las que Pablo dirigió su carta a los Colosenses.


1. EL ORIGEN DEL GNOSTICISMO

Resulta tentador buscar un único punto de partida para el gnosticismo, una fecha o un personaje fundador, pero la investigación histórica más seria desestima esa simplificación. Antonio Piñero, uno de los especialistas en lengua española que más ha trabajado sobre los textos de Nag Hammadi, sostiene que la gnosis, entendida como el conocimiento de lo oculto vinculado a la salvación del ser humano, nace de forma todavía embrionaria dentro del judaísmo apocalíptico del siglo IV antes de Cristo, y que recién hacia comienzos del siglo I de nuestra era, en los márgenes del judaísmo, comienza a tomar la forma de una salvación del espíritu frente al mundo material (Piñero, 2025). Solo en las tres centurias siguientes, ya dentro de las fronteras del Imperio romano, esa gnosis alcanzó su apogeo bajo el nombre que la posteridad terminó fijando, el de gnosticismo.

Conviene aclarar, siguiendo a Piñero, que gnosis y gnosticismo no son sinónimos exactos. La gnosis sería más bien la atmósfera, la sensibilidad religiosa de fondo, mientras que el gnosticismo es ese mismo ideario ya puesto por escrito, sistematizado en escuelas y tratados (Piñero, 2025, 17 de mayo). Esta distinción ayuda a entender por qué no hace falta rastrear un solo origen geográfico o doctrinal. Hubo más bien varios focos que terminaron confluyendo, el judaísmo helenístico de la diáspora, ciertas corrientes platónicas y pitagóricas vulgarizadas, y el ambiente sincretista propio de las grandes ciudades del Mediterráneo oriental.

La obra clásica de Emil Schürer sobre la historia del pueblo judío en tiempos de Jesús, aunque no se ocupa del gnosticismo como tema central, ofrece un testimonio valioso sobre ese terreno previo. Schürer dedica páginas extensas a mostrar cómo, durante el período comprendido entre el dominio griego y el dominio romano sobre Palestina, los judíos no pudieron sustraerse a la influencia helenística, que actuaba como una fuerza civilizadora capaz de abarcar todos los aspectos de la vida cotidiana (Schürer, 1985b). El autor advierte que la cultura helenística no debe confundirse sin más con la cultura griega clásica, ya que su rasgo más característico fue justamente la capacidad de absorber elementos útiles de civilizaciones extrañas y convertirlos en una civilización de alcance universal (Schürer, 1985b). Esa misma capacidad de absorción y mezcla es la que, aplicada al terreno religioso, terminaría dando lugar, varios siglos más tarde, a sistemas como los gnósticos.


2. EL TRASFONDO DEL GNOSTICISMO

Si el origen remite a un proceso largo y difuso, el trasfondo permite identificar con algo más de precisión los materiales con los que se construyó el edificio gnóstico. En primer lugar está el judaísmo apocalíptico, con su literatura de visiones, ascensos celestiales y revelaciones reservadas a personajes privilegiados como Enoc. Schürer recuerda que, hacia el final del período del segundo templo, a Enoc se le atribuyó un libro entero de revelaciones sobre los misterios celestes, un género literario que circuló ampliamente entre los judíos de Palestina y de la diáspora (Schürer, 1985b). No es casual que estudiosos como Alexander Altmann hayan señalado ya hace décadas la existencia de un trasfondo gnóstico detrás de ciertas leyendas rabínicas sobre Adán, una conexión que el propio Schürer recoge en su aparato bibliográfico (Schürer, 1985b). La idea de un conocimiento secreto, transmitido a unos pocos elegidos y capaz de explicar el origen del mal y el destino último del alma, ya estaba presente entonces, mucho antes de que existieran propiamente los gnósticos cristianos del siglo II.

Un segundo elemento de trasfondo, menos conocido pero igualmente significativo, es el dualismo que algunos historiadores detectan en el seno de comunidades judías como la de los esenios de Qumrán. Schürer, apoyándose en estudios sobre las relaciones entre judíos e iranios en la época de los partos, admite como probable cierto impacto del pensamiento iranio sobre el dualismo y la angelología de los esenios, aunque aclara que ese influjo habría llegado al judaísmo en general y no de manera directa a la secta (Schürer, 1985b). La existencia de dos espíritus enfrentados, el de la luz y el de las tinieblas, en textos como la Regla de la Comunidad de Qumrán, muestra que la idea de un combate cósmico entre principios opuestos ya circulaba en ambientes judíos antes de que los gnósticos cristianos la radicalizaran hasta convertirla en una oposición entre un Dios bueno, lejano e inalcanzable, y un demiurgo inferior responsable de la creación material.

A este trasfondo judío hay que sumar el aporte de la filosofía griega, sobre todo del platonismo y el pitagorismo en sus versiones ya simplificadas y divulgadas que circulaban en el ambiente cultural del Imperio. Piñero insiste en que el relato gnóstico es, en el fondo, un verdadero sistema, una mezcla de teología y de elementos filosóficos tomados del platonismo y el pitagorismo, que termina articulando una teodicea, una cosmología, una antropología, una soteriología y una escatología propias (Piñero, 2025). La pregunta de fondo que atraviesa todo ese trasfondo, judío y griego a la vez, es la del origen del mal. Cómo explicar que un Dios bueno haya permitido la existencia de un mundo marcado por el sufrimiento y la corrupción fue una inquietud que recorrió tanto la apocalíptica judía como la filosofía helenística, y el gnosticismo terminó dando su propia respuesta, radical y en buena medida ajena a la fe bíblica, a esa pregunta común.


3. EL CONTEXTO CULTURAL Y FILOSÓFICO

El contexto inmediato en el que el gnosticismo terminó de configurarse fue el de las grandes ciudades helenizadas del Mediterráneo oriental durante los siglos I y II, Alejandría en primer lugar, pero también Roma y las ciudades de Asia Menor. Schürer describe con detalle cómo el sincretismo religioso de la época imperial tardía permitió que divinidades orientales de toda procedencia ocuparan un lugar de honor junto a los antiguos dioses locales, en un proceso donde muchas divinidades griegas no eran, en el fondo, sino dioses indígenas helenizados (Schürer, 1985b). Esa misma lógica de mezcla y adaptación, que en el plano de los cultos paganos producía nuevas combinaciones religiosas, en el plano filosófico y teológico abrió la puerta a sistemas como el gnóstico, capaces de tomar nombres bíblicos, personajes del Antiguo Testamento y hasta la figura de Jesucristo, y reinterpretarlos dentro de un marco conceptual de raíz platónica.

Uno de los testimonios filosóficos más claros sobre este contexto proviene, paradójicamente, de un adversario del gnosticismo dentro del propio mundo pagano. Plotino, el gran filósofo neoplatónico del siglo III, dedicó uno de sus tratados de las Enéadas, conocido habitualmente como Contra los gnósticos, a refutar a quienes, según él, habían corrompido las enseñanzas originales de Platón. Plotino criticaba en particular a Valentín, a quien consideraba responsable de haber introducido una teología dogmática que despreciaba tanto al cosmos sensible como a su creador, mientras que los platónicos auténticos reconocían en el mundo material una imitación relativa, aunque imperfecta, de un modelo divino (Wikipedia, 2025). El detalle resulta significativo porque muestra que el gnosticismo no solo inquietó a la Gran Iglesia cristiana, sino también a la filosofía pagana más refinada de su tiempo, que vio en él una desviación peligrosa del legado platónico.

Este parentesco y, a la vez, esta tensión entre neoplatonismo y gnosticismo se explican porque ambos sistemas compartían un mismo vocabulario de fondo, el de las emanaciones sucesivas que proceden de un principio supremo e inefable. Los gnósticos hablaban de eones que emanaban del Pleroma, mientras que los neoplatónicos hablaban del Uno que origina al Intelecto y al Alma a través de un proceso de desbordamiento. La diferencia decisiva estaba en la valoración del mundo material, que para Plotino conservaba una bondad derivada, mientras que para los gnósticos era, lisa y llanamente, el resultado de una caída o de un error cósmico. Ese contexto filosófico, donde las fronteras entre especulación pagana, judía y cristiana resultaban a veces difíciles de trazar, es el que permitió que el gnosticismo se propagara con tanta facilidad por comunidades cristianas todavía jóvenes, ávidas de respuestas profundas y, al mismo tiempo, expuestas a todo tipo de influencias intelectuales.



4. ¿QUÉ ES EL GNOSTICISMO?

Después de haber recorrido su origen y su trasfondo, conviene detenerse en una definición más precisa de lo que el gnosticismo realmente sostenía. La palabra misma viene del griego gnosis, que significa conocimiento, y designa, según explica Piñero, un conocimiento directo de temas religiosos que el gnóstico considera absolutamente real y cierto, precisamente porque entiende haberlo recibido por revelación divina (Piñero, 2025, 17 de mayo). El gnóstico no es, entonces, simplemente alguien curioso o estudioso, sino alguien que se cree poseedor de una llave secreta capaz de explicar el origen del universo, la presencia del mal y el camino de regreso del alma hacia su patria celestial.

El sistema gnóstico, en sus formas más desarrolladas, como las que enseñaba Valentín, presuponía una distinción tajante entre el Dios supremo, llamado a veces el Padre desconocido o el Abismo, y el Dios creador del Antiguo Testamento, rebajado a la categoría de demiurgo, un ser inferior y a menudo ignorante de la existencia del verdadero Dios. Entre ambos se desplegaba todo un mundo intermedio de eones, emanaciones divinas que en su conjunto formaban el Pleroma o Plenitud. La caída de uno de esos eones, generalmente identificado con Sofía, la Sabiduría, habría originado la materia y, junto con ella, el sufrimiento y la ignorancia en que se encuentra atrapada el alma humana. La salvación, en consecuencia, no se alcanzaba por la fe en un sacrificio redentor, sino por el despertar de una chispa divina dormida en el interior del hombre, despertar que solo el conocimiento revelado, la gnosis, podía provocar.

Esta estructura explica por qué los gnósticos solían dividir a la humanidad en categorías jerárquicas, los espirituales o pneumáticos, destinados a la salvación plena, los psíquicos, capaces de una salvación parcial mediante la fe, y los materiales o hílicos, condenados de antemano por carecer de la chispa divina. Se trata de una antropología profundamente elitista, muy distinta de la oferta universal de salvación que predicaba el cristianismo apostólico, y ese contraste explica buena parte de la reacción que los padres de la Iglesia terminaron desarrollando frente al fenómeno.


5. LA RESPUESTA PATRÍSTICA: IRENEO DE LYON Y LOS PADRES DE LA IGLESIA

Ningún autor cristiano antiguo dedicó tanto esfuerzo a comprender y refutar el gnosticismo como Ireneo de Lyon. Obispo de la ciudad gala hacia finales del siglo II, Ireneo había tenido contacto directo con comunidades gnósticas, sobre todo valentinianas, durante un viaje a Roma, y tomó la decisión de estudiar con cuidado sus escritos y conversar personalmente con sus seguidores antes de escribir su obra más conocida, habitualmente citada como Contra las herejías, aunque su título original era en realidad Desenmascaramiento y refutación de la falsa gnosis (Ireneo de Lyon, 2022). El propósito de Ireneo no era únicamente polémico. Buscaba, ante todo, confirmar a los fieles en la doctrina recibida de los apóstoles, frente a un movimiento que él consideraba capaz de poner en riesgo la fe sencilla de los cristianos comunes.

En el primer libro de su obra, Ireneo se dedica a describir con minuciosidad las doctrinas de los valentinianos y de otras escuelas gnósticas, mientras que en los libros siguientes desarrolla su refutación apoyándose en las Escrituras y en la tradición recibida de los apóstoles (Ireneo de Lyon, 2022). Uno de los pasajes que mejor resume su mirada sobre los seguidores de Valentín señala que estos presentan al demiurgo con vocablos honorables, llamándolo Padre, Señor y Dios, pero terminan adoptando una idea todavía más blasfema, al sostener que ese demiurgo procede, en realidad, de la penuria expulsada del Pléroma y no de ninguno de los eones presentes en la Plenitud. Frente a esa visión, Ireneo defendía con firmeza la unidad de Dios como creador y salvador a la vez, rechazando de raíz el dualismo gnóstico que postulaba un principio negativo o un dios inferior responsable de la materia.

No fue Ireneo el único padre de la Iglesia que se ocupó del tema. Orígenes de Alejandría, en su tratado titulado De los principios, también discutió con detalle muchos de los argumentos bíblicos que los gnósticos empleaban, en particular los relativos a la libertad humana y a la predestinación, mostrando que la providencia divina puede prever el futuro de los hombres sin que ello implique determinar arbitrariamente su suerte eterna (Alvarado, 2019). Esta observación resulta especialmente interesante porque, como advierte el teólogo pentecostal arminiano Fernando E. Alvarado, ciertas categorías propias del pensamiento gnóstico y del platonismo que lo nutría terminaron filtrándose, varios siglos después, en la teología de Agustín de Hipona, que antes de su conversión al cristianismo había pertenecido durante casi una década al maniqueísmo, una religión dualista emparentada con el gnosticismo (Alvarado, 2019). Más allá de las discusiones internas al debate calvinista-arminiano en las que Alvarado se mueve, su observación sirve para recordar algo importante, el gnosticismo no fue simplemente derrotado y olvidado tras la condena de Ireneo, sino que dejó huellas conceptuales que la historia de la teología cristiana siguió procesando durante siglos.


6. EL TESTIMONIO GNÓSTICO MISMO: EL EVANGELIO DE LA VERDAD DE VALENTÍN

Para entender el gnosticismo no basta con leer a quienes lo combatieron, también conviene escuchar, en la medida de lo posible, la voz de sus propios representantes. Valentín, nacido en Egipto y probablemente formado en Alejandría, llegó a Roma hacia el año 140 y allí desarrolló un sistema que terminaría siendo la escuela gnóstica más influyente y mejor documentada de la antigüedad (Wikipedia, 2024). Entre los textos que la tradición le atribuye, o que al menos reflejan de cerca su pensamiento, se encuentra el llamado Evangelio de la Verdad, uno de los códices descubiertos en Nag Hammadi en 1945 y publicados modernamente en español por un equipo encabezado por Antonio Piñero, Francisco García Bazán y José Montserrat Torrents (Piñero et al., 2004).

A diferencia de otros tratados valentinianos más cargados de mitología detallada sobre eones y emanaciones, el Evangelio de la Verdad se distingue por un tono casi meditativo, centrado en la angustia existencial que produce la ignorancia del propio origen divino y en el gozo que trae el conocimiento revelado por el Salvador. El texto describe la condición humana antes de la gnosis como un estado de error y olvido, comparable a una pesadilla de la que el alma despierta gracias a la predicación del Logos. Esta perspectiva confirma lo que se sabe sobre la evolución interna del pensamiento valentiniano, que habría ido alejándose progresivamente de las afirmaciones explícitamente cristianas para concentrarse en una vertiente más panteísta y mitológica (Wikipedia, 2024). El propio Evangelio de la Verdad, sin embargo, todavía conserva un vínculo notorio con el vocabulario cristiano, lo que explica por qué pudo circular durante un tiempo entre comunidades que se consideraban a sí mismas plenamente cristianas, antes de que la Gran Iglesia terminara excluyendo definitivamente este tipo de literatura de su canon.


7. EL GNOSTICISMO INCIPIENTE EN COLOSAS Y LAS IGLESIAS DEL VALLE DEL LICO

Llegamos así al punto donde toda esta historia deja de ser un debate entre filósofos y heresiólogos lejanos y se convierte en un problema pastoral concreto, vivido por comunidades cristianas reales. Colosas era una ciudad de la provincia romana de Asia, situada en el valle del río Lico junto a Laodicea y Hierápolis, a poco más de cien kilómetros de Éfeso (Guzik, s.f.). Aunque su importancia económica venía decayendo frente a sus vecinas, mantenía un perfil propio gracias a su producción de lana y de tintes, y contaba con una población mixta donde convivían colonos griegos y una comunidad judía considerable, herencia de la política de asentamientos que los reyes seléucidas habían favorecido en la región (Estudio Inductivo de la Biblia, s.f.).

La iglesia de Colosas no fue fundada directamente por Pablo, quien según su propia carta nunca había estado allí, sino por Epafras, probablemente convertido durante la prolongada estadía de Pablo en Éfeso y que después regresó a su ciudad natal para anunciar el evangelio, extendiendo también su predicación a las comunidades vecinas de Laodicea y Hierápolis (Guzik, s.f.). Algún tiempo después de la fundación de esta iglesia, surgió allí una enseñanza que Pablo combate sin darle un nombre preciso, pero que la mayoría de los comentaristas describe como una mezcla de legalismo judío y de gnosticismo todavía incipiente, es decir, no organizado en un sistema completo como el que más tarde desarrollarían Valentín o sus discípulos, pero ya orientado en esa misma dirección (Estudio Inductivo de la Biblia, s.f.).

Los elementos de esa herejía colosense, tal como pueden reconstruirse a partir del propio texto de la carta, incluían tabúes alimentarios y calendarios religiosos rígidos, una devoción especial hacia los seres angelicales, experiencias místicas presentadas como superiores a la fe común, y sobre todo la pretensión de poseer un conocimiento secreto, situado por encima de las Escrituras, indispensable para alcanzar la plenitud espiritual (Estudio Inductivo de la Biblia, s.f.). Esta combinación resulta muy reveladora, porque muestra en estado germinal exactamente los mismos componentes que, unas décadas más tarde, encontraríamos plenamente desarrollados en los sistemas que Ireneo describiría con tanto detalle, el desprecio relativo hacia la materia, la jerarquía entre creyentes comunes e iniciados, y la centralidad de un conocimiento especial frente a la fe sencilla en Cristo.

Epafras, preocupado por la gravedad del problema, emprendió el largo viaje hasta Roma para informar personalmente a Pablo, que en ese momento se encontraba preso, sobre la situación de las iglesias del valle del Lico (Estudio Inductivo de la Biblia, s.f.). La respuesta de Pablo, lejos de limitarse a una simple condena, consistió en presentar un retrato de Cristo de una densidad teológica extraordinaria, insistiendo en que en él habita toda la plenitud de la divinidad, que él es la imagen del Dios invisible y el primogénito de toda la creación, y que en él, y no en ningún conocimiento secreto adicional, se encuentran escondidos todos los tesoros de la sabiduría y la ciencia. Esta estrategia resulta coherente con lo que más tarde haría Ireneo frente a los valentinianos, no tanto multiplicar prohibiciones puntuales como ofrecer una cristología tan plena y suficiente que dejara sin sentido la pretensión de buscar fuera de Cristo algún tipo de plenitud espiritual adicional.

La carta a los Colosenses se convierte así en un testimonio temprano, anterior incluso a los grandes sistemas gnósticos del siglo II, de cómo la fe cristiana primitiva tuvo que aprender a discernir y a responder frente a corrientes de pensamiento que, vestidas de profundidad espiritual, terminaban vaciando de contenido la centralidad de Cristo. El hecho de que esta amenaza surgiera tan pronto, ya en la década de los años sesenta del siglo I, confirma que el trasfondo y el contexto descritos en las secciones anteriores de este trabajo no eran abstracciones teóricas, sino fuerzas culturales y religiosas que estaban activas y disponibles desde los primeros tiempos del cristianismo, listas para infiltrarse en cualquier comunidad que no contara con una catequesis suficientemente sólida.


CONCLUSIÓN

El recorrido realizado a lo largo de este trabajo permite advertir que el gnosticismo no fue un accidente aislado de la historia del cristianismo antiguo, sino la cristalización de tendencias que venían fermentando desde mucho antes en el judaísmo apocalíptico, en la filosofía griega divulgada y en el ambiente sincretista propio del mundo helenístico-romano. Su definición como sistema, centrado en la salvación por el conocimiento y en una visión dualista del mundo material, le permitió presentarse durante un tiempo como una forma más profunda de cristianismo, hasta que padres de la Iglesia como Ireneo de Lyon se encargaron de desmontar sus contradicciones internas y de reafirmar, frente a sus pretensiones, la sencillez y la suficiencia del evangelio apostólico.

El caso de Colosas muestra, además, que esta amenaza no esperó a que el gnosticismo alcanzara su forma plenamente desarrollada para hacerse sentir, sino que ya estaba presente, en germen, en las primeras décadas de expansión del cristianismo por Asia Menor. Conocer este proceso no es un mero ejercicio de erudición histórica, sino una herramienta valiosa para comprender por qué la Iglesia primitiva insistió tanto en anclar la fe en la persona de Cristo, antes que en cualquier promesa de conocimiento secreto o de iluminación reservada a unos pocos privilegiados.